Su hermana me leyó aquella entrada lentamente, como si cada palabra pudiera romperse entre sus dedos. Su madre había escrito que aquella semana veía a su hija intentando ser fuerte, pero que había notado algo extraño en ella. Decía que mi esposa se había quedado despierta hasta muy tarde una noche, mirando el teléfono y esperando una llamada que nunca llegó. Después escribió que le había preguntado si todo estaba bien entre nosotros, y que mi esposa había respondido que sí, aunque no parecía convencida. Entonces apareció una frase que me hizo sentir frío: «Hay algo que mi hija no me cuenta, y creo que lo hace para protegerme». No podía entender cómo aquella mujer, desde una cama de hospital, había visto algo que yo llevaba veintidós años intentando ocultar.
Le pedí a su hermana que me leyera el resto, aunque en ese momento ya sabía que no quería escucharlo. La siguiente entrada hablaba de la noche en que mi esposa salió de la habitación para hacer una llamada y regresó llorando. Su madre escribió que le había preguntado quién era y que ella solamente respondió: «Nadie importante, mamá». Pero después añadió que nunca había visto a su hija tan confundida, porque parecía estar intentando perdonar algo que todavía no conocía por completo. Yo recordaba perfectamente aquella noche. Mientras mi esposa estaba junto a su madre, yo estaba en nuestra casa con la otra mujer. Durante años me había repetido que mi esposa nunca había sabido cuándo ocurrió la aventura, pero ahora entendía que quizá había sentido la traición mucho antes de conocer sus detalles.
La última entrada estaba fechada tres días antes de su muerte. Su madre escribió que no quería morir dejando preguntas pendientes, así que le había pedido a mi esposa que algún día se preguntara por qué había estado dispuesta a perdonarme tan rápido. Luego escribió algo que me hizo dejar de respirar por unos segundos: «Creo que ella sabe más de lo que él imagina, pero todavía no quiere saberlo todo». Su hermana dejó de leer y me preguntó si yo sabía a qué se refería. Le dije que no, aunque era la primera mentira que pronunciaba aquella tarde y sabía perfectamente que no sería la última. Entonces ella me dijo que había encontrado otra página doblada dentro del diario, una página que su madre había escrito después de que mi esposa regresara a casa.
No quise verla, pero su hermana la puso delante de mí. Allí estaba escrito que mi esposa había confesado algo a su madre aquella noche: había empezado a sospechar que yo le era infiel, pero decidió no preguntarme porque no quería añadir otra preocupación a los últimos días de su madre. Su madre le había respondido que, si algún día descubría la verdad, no debía permitir que la culpa de otra persona se convirtiera en su propia carga. Yo cerré los ojos porque finalmente comprendí lo que había hecho durante veintidós años. No había ocultado solamente una infidelidad, sino el momento exacto en que mi esposa más me necesitaba y yo había elegido a otra persona. Cuando levanté la mirada, su hermana estaba llorando y me dijo: «Ella nunca te lo contó, pero mi madre sabía exactamente lo que estabas haciendo».
