La frase terminaba con mi nombre y tres palabras que me hicieron volver a leerla: “yo lo vi”. Pensé que sería un error de archivo, una anotación hecha por alguien con un nombre parecido al mío. Pero debajo había una firma que reconocí inmediatamente, aunque no tenía sentido que estuviera allí. Era la firma de mi padre, con la misma inclinación extraña en la última letra que aparecía en sus documentos antiguos. Me quedé sentado en el coche durante varios minutos, mirando aquella página sin atreverme a pasarla. Finalmente volví a entrar al edificio y le pedí a la secretaria que me explicara de dónde había salido ese expediente.
Ella llamó a otra persona y, después de unos minutos, apareció un hombre con una carpeta gris bajo el brazo. No parecía sorprendido de verme, y eso fue lo primero que me inquietó. Me preguntó si podía confirmar la dirección donde vivía en 2016, y cuando se la dije, abrió la carpeta sin responder. Allí estaba la misma dirección, pero junto a ella aparecía un número de teléfono que nunca había tenido. Después sacó una fotografía pequeña y la colocó sobre el escritorio, boca arriba. Tardé unos segundos en reconocer el lugar de la imagen, porque era una casa que mi padre había vendido muchos años antes de morir.
Le pregunté qué relación tenía todo aquello conmigo y el hombre me dijo que todavía no podían asegurarlo. Según el expediente, alguien había utilizado mis datos para presentarse ante ese tribunal años atrás. Lo extraño era que la persona había dejado información que solo alguien de mi familia podía conocer. También había una referencia a mi padre que nunca había aparecido en ningún registro público. Sentí que el estómago se me cerraba mientras él pasaba las páginas una por una. Entonces llegó a una hoja que tenía una fecha de 2016 y me pidió que mirara la última línea.
No decía que yo hubiera sido testigo, como había pensado al principio. Decía que alguien había acudido allí usando mi identidad y que había entregado una declaración que podía afectar un caso que llevaba años cerrado. Lo más extraño era que la declaración mencionaba algo ocurrido en mi familia mucho antes de que yo supiera siquiera que existía ese expediente. El hombre cerró la carpeta y me preguntó si reconocía el nombre que aparecía al final. Lo reconocí, pero no dije nada, porque ese nombre llevaba casi veinte años sin aparecer en ninguna conversación familiar. Y por primera vez entendí que aquella citación no había llegado a mi casa por accidente.
